miércoles, 9 de septiembre de 2026

El sargento en la nieve, de Mario Rigone Stern

Llego a este autor y libro gracias la pentalogía de Mussolini obra de Scurati, que acabo de terminar. Rigone fue un soldado, sargento, en el ejército italiano, destinado al frente ruso, desventura a la que tuvo que añadir su paso por los campos alemanes de concentración. Sobrevivió a estas experiencias y se dedicó a contarlas en distintos libros, cosechando un éxito brutal al menos en Italia.

Este es posiblemente su libro más famoso. En él describe sus acciones en el frente ruso, primero las escaramuzas a la orilla del Don, y luego el largo repliegue a través de la estepa nevada, hasta conseguir romper el cerco a que les sometieron los rusos.

El relato tiene un valor innegable, ya que Rigone te transmite de primera mano su experiencia en lugares a los que uno prefiere no tener que ir. Y lo hace con una gran sensibilidad, algo que parece impropio en un tosco soldado italiano, pero que el lo que le da todo el valor al relato, esos detalles que observa y que para cualquier otro hubieran pasado desapercibidos, dadas las condiciones en que están viviendo.

Dicha sensibilidad se refleja tanto en lo que siente con sus actividades, como en lo que observa en su entorno. Aquí le tenemos comiendo pan: "Costaba partirlo con los dientes, al masticarlo se desmenuzaba como si fuese arena y con cada trozo tragaba la sangre de mis encías y labios rotos. El aliento se me helaba en la barba y en el bigote, donde la nieve que dejaba ahí el viento se convertía en carámbanos. Con la lengua me metía los carámbanos en la boca y los chupaba." O aquí suspirando de alivio por algo que parece que no debería pasar en una guera, pero que resulta constante en las preocupaciones de los soldados italianos: "Nuestras armas abrieron fuego. Lancé un suspiro de alivio: funcionaban.".

Como decía, eso no impide que Rigone aprecie su entorno. Por ejemplo, por la noche: "De vez en cuando se oía algún tiro solitario o una ráfaga de ametralladora, como si se tratara de la última risa de un borracho vagabundo que busca una taberna." O al amanecer: "Reinaban una claridad y una transparencia absolutas: lo único oscuro era el corazón de los hombres, oscuro como una noche de tormenta en un océano de carbón."

Tras unos días defendiendo las posiciones en el Don, en que Rigoni pierde paulatinamente a sus compañeros, de todos los cuales recuerda su nombre y algún detalle, el mando da la orden de abandonar las posiciones y replegarse. Junto a los soldados rusos, surge un nuevo enemigo a la intemperie: la estepa, con sus nieves, vientos y tormentas. "Ya no queríamos saber nada de órdenes, de enlaces, de almacenes, de retaguardias; sólo nos preocupaba la inmensa distancia que nos separaba de casa, y la única realidad, en ese desierto de nieve, eran los rusos que estaban frente a nosotros, listos para atacarnos."

Durante dicho repliegue, es más acusada la visión humana de Rigoni, que no solo empatiza con los suyos, sino también con sus enemigos: "¿Por qué no lo dejamos aquí todo, Baroni, con la de chicas guapas y buen vino que hay? Ellos tienen a sus Katiuskas y sus Maruskas y el vodka y los campos de girasoles, y nosotros a nuestras Marías y nuestras Teresas, vino y bosques de abetos." Sorprende que Rigoni siempre encuentra ayuda en los pueblos que van pasando, en muchos casos sincera, lo que no es fácil de imaginar cuando atraviesas territorio enemigo. 

En una de estas isbas se produce una escena surrealista, cuando irrumpe Rigoni en busca de alimento: "Doy un paso, me cuelgo el fusil al hombro y como. El tiempo ha dejado de existir. Los soldados rusos me miran. Las mujeres me miran. Los niños me miran. Nadie habla. Sólo se oye el ruido de mi cuchara en el plato." Lo que le lleva a la reflexión: "La cosa fue muy simple: comprendí que los rusos eran como yo. En aquella isba se creó entre los soldados rusos, las mujeres, los niños y yo una armonía que distaba de ser una tregua. Trascendía con mucho el respeto que se tienen entre sí los animales del bosque."

Aunque Rigoni es consciente de la importancia que tiene el trabajo en equipo y la unidad para la superviviencia del individuo en estas condiciones tan adversas (en ello insiste cada vez que habla con sus compañeros, que juntos lo conseguirán), lo que se deduce del relato es que la guerra es un affair solitario, en que al final cada individuo va a vivir vicisitudes únicas que tendrá que superar con sus medios si quiere retornar a casa. Algo para lo que muy poca gente está preparada, y más en un conflicto de la escala de la Segunda Guerra Mundial, en que soldados como Rigoni acaban a miles de kilómetros de su hogar, sin saber siquiera dónde. 

Al leer a Rigoni, uno se pregunta cómo se sabía quien ganaba o perdía una batalla, y si la cosa es tan objetiva como parece en películas o libros, porque cada batalla no deja de ser una suma de acciones y percepciones individuales, incluidas las de oficiales y soldados rasos.

Este libro me ha resultado un documento interesante, no apasionante. Se puede recomendar sin riesgo porque es bastante corto y se lee en un par de días, así que que cada uno decida. Sinceramente, a mí creo que me va a costar leer algo más de Rigone, dado que parece que el que acabo de leer es su obra más destacada.

Cierro con la descripción con la que él cierra la narración:

"Así que éste soy yo: Mario Rigoni di GioBatta, alistado con el número 15- 454, sargento mayor del 6º regimiento de alpinos, batallón Vestone, compañía 55, pelotón de ametralladoras. Una costra de tierra en la cara, la barba como briznas de paja, los bigotes sucios, los ojos amarillos, el pelo pegado al pasamontañas, un piojo que camina por el cuello. Sonrío."