Interesante libro de relatos, sobre todo para aquellos más inclinados a las ciencias y las matemáticas. Se compone de tres relatos, uno para físicos, otro para químicos y otro para matemáticos. Cada uno de ellos tiene valores diferentes, por lo que los comentaré por separado.
El primero está dedicado a la química y conecta con el título del volumen, aunque paradójicamente se llama "Azul de Prusia". El principal protagonista es Fritz Haber, el químico inventor del gas mostaza y del Ziklone que se usaría para aniquilar a tantos judios, que es premio Nobel porque inventó el proceso para extraer nitrógeno de la atmósfera, y resolver el gran problema de la fertilización agrícola, para lo que hasta ese momento se expoliaban cementerios y se trituraban los huesos así hallados.
Digo el principal protagonista, porque por las páginas de este relato transitan numerosos personajes y anécdotas conectados, entre ellos Napoleón y Hitler. Este relato es un reflejo del dicho "el mundo es un pañuelo" aplicado al mundo de la química. Labatut acumula anecdotas y personajes en un torbellino inagotable que atrapa al lector hasta el fin. Y es en dicho fin donde por fin se revela porque a Haber los efectos de su investigación le parecía que podrían dar lugar a ese verdor terrible, que nada tiene que ver con el gas mostaza y sí con el miedo de que la Tierra fuera dominada por las plantas, gracias a su descubrimiento: "bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan solo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno, aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible."
Hay un relato corto dedicado al descubridor de los agujeros negros, pero luego tenemos uno bastante intenso dedicado a las matemáticas: "El corazón del corazón". Aunque empieza con un matemático japonés, el verdadero protagonista es un tal Alexander Grothendieck, de quien confieso no haber oído nada hasta leer a Labatut. Sin embargo: "Entre 1958 y 1973, Alexander Grothendieck reinó sobre las matemáticas como un príncipe ilustrado, atrayendo a su órbita a las mejores mentes de su generación, quienes postergaron sus propias investigaciones para participar de un proyecto tan ambicioso como radical: desvelar las estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos."
Labatut es incapaz de contarnos ninguna de las aportaciones del señor, mucho menos su importancia para la ciencia o la humanidad, pero sí nos guía por una vida excepcional, sí, de una persona que está mal de la chola. Lo que parece querer decirnos Labatut es que acercarse a las verdades fundamentales del universo se paga al precio de la locura, de la misma forma que no se puede escapar de los agujeros negros del relato previo.
Y con esta reflexión, nos sumergimos en el último de los relatos del libro, "Cuando dejamos de comprender al mundo", el más largo de todos, que Labatut dedica a la fundación de la mecánica cuántica. Dedica capítulos a Schrödinger, Heisenberg, Böhr y a un príncipe francés, De Broglie, con la aparición estelar en los momentos finales de Einstein. Una vez más, es claro que Labatut no entiende demasiado de los teoremas y descubrimientos de estos señores (aunque seguramente eso le pasa a todo el mundo). Y una vez más la genialidad roza con la locura.
Así Louis de Broglie "se encerró en el edificio junto a la obra de todos los lunáticos de Europa y durante tres meses se negó a ver a otra persona que no fuera su hermana, quien le traía platos de comida que él dejaba afuera de su puerta sin probarlos.". Eso sí, cuando entraron dentro a ver qué le había pasado, el tipo les esperaba arreglado y con su tesis desarrollada.
De Schrödinger se nos cuenta un episodio similar, con ensoñaciones Nabokovianas con la hija del doctor gerente del hospital al que se va a curar su tuberculosis. Pero lo más turbador es la estancia de Heisenberg en la isla alemana de Heligoland, donde convive con Goethe y el poeta persa Hafef, en la imaginación claro: "El físico—como el poeta— no debía describir los hechos del mundo, sino solo crear metáforas y conexiones mentales. Desde ese verano en adelante, Heisenberg entendió que aplicar conceptos de la física clásica—como posición, velocidad y momento— a una partícula subatómica era un despropósito total."
Por cierto, aquí aporta Labatut una de esas conexiones que tanto abundan en el primer relato, en este caso de la escritura de Diván por Goethe: "Goethe también tuvo ayuda para escribir su Diván, aunque no se inspiró en la divinidad sino en la esposa de uno de sus amigos, Marianne von Willemer, tan fanática de Hafez como él. Escribieron el libro a dos manos, trabajando los borradores en largas cartas llenas de erotismo, en las cuales Goethe se imagina mordiéndole los pezones y penetrándola con sus dedos, mientras que ella sueña con sodomizarlo, aunque solo se vieron en una ocasión y no hay evidencia de que hayan podido cumplir sus fantasías." Hala, que no falte procacidad en la ciencia.
Y tras todo el proceso descrito, no le queda otra al lector que aceptar que solo los locos hacen avanzar la ciencia, aunque el resultado no sea el deseado: "En el sustrato más hondo de las cosas, la física no había encontrado una realidad sólida e inequívoca como la que añoraban Schrödinger y Einstein, regida por un dios racional que tiraba de los hilos del mundo, sino un reino de maravilla y extrañeza, hijo del capricho de una diosa de múltiples brazos jugando con el azar."
Es legítimo preguntarse como un señor como Labatut ha llegado a conocer e interarse por tan eximios científicos, sin haber estudiado carrera de ciencias o similar. Quieras que no, en mi carrera oí hablar de todos ellos (menos del matemático) sin que nunca llegara a interesarme lo más mínimo la aventura de su vida. Y mira que no habré aplicado veces, sin entenderla, la ecuación de Schrödinger.
Labatut anticipa la inquietud del lector y se proporciona una excusa en el epílogo, en que recoge una conversación, apócrifa o no ni idea, con un jardinero nocturno que le introduce a todos los temas que tratan sus relatos. Por ciero que dicho jardinero concluye lo mismo que yo pienso de la mecánica cuántica, y que he tenido muchas oportunidades de decir, en este blog también: "Ha transformado nuestro mundo hasta volverlo irreconocible. Sabemos cómo usarla, funciona por una suerte de milagro, y sin embargo no hay un alma en este planeta, nadie vivo o muerto, que realmente la entienda. La mente no puede lidiar con sus paradojas y contradicciones."
Labatut escribe bien, sin florituras, aunque con alguna brillantez ocasional. Este libro se lee como un soplo, porque está lleno de información bien ligada, pero también porque es bastante corto. Disfrutenlo y aprendan.
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