viernes, 19 de agosto de 2016

The Cruel Sea, de Nicholas Monsarrat

Cuando uno un libro como el presente, se encuentra justificación a todas las lecturas prescindibles a que se ha sometido en busca del maná. Es cierto que llevaba una racha de libros del montón, pero eso son los riesgos a que se enfrenta el explorador de literatura. Y esa exploración queda siempre compensada cuando uno se tropieza, lo que inevitablemente ocurre, con algo espectacular.

Este es el caso de The Cruel Sea, posiblemente el mejor libro de los que he leído este año (con Der Spiegel in der Spiegel). Magnífico. A ver cómo me ordeno para contaros todas las cosas que me han gustado.

Estamos ante una historia bélica, concentrada en las operaciones en el Atlántico durante la segunda Guerra Mundial. El/los protagonistas son barcos y marineros, concretos, participantes en la protección de los convoys que habían de atravesar el citado Océano para aprovisionar Inglaterra.

Son dos barcos los protagonistas del libro, una corbeta y una fragata, y dos los marineros, el capitán que luego deviene comandante, y el teniente. Eso sí, estos dos personajes nucleares se ven acompañados de otros miembros de la tripulación a los que se dedica la misma atención que a los nucleares, aunque durante menos tiempo, sea por su muerte o porque son asignados a otros barcos.

Al principio, el libro parece en la línea de otros bélicos tipo Stephen Ambrose aunque aderezada por la sutil escritura inglesa, mucho más fina e ingeniosa que la norteamericana (en general). Pero pronto nos daremos cuenta de que el autor no está interesado solo en las acciones bélicas, sino también en las relaciones entre sus protagonistas y de estos con sus familias (tipicamente, cónyuge o novia).

Sin embargo, para ambos tipos de escenas es magistral la narrativa de Monsarrat. Espectacular, por ejemplo, la narración que hace del hundimiento de la corbeta (siento el spoiler), primero del evento militar, y luego del proceso psicológico que atraviesan las víctimas, tanto los que terminan muertos como los que van a sobrevivir. Es una escena realmente sobrecogedora en que Monsarrat demuestra su dominio del suspense y de la introspección.

Pero son de similar intensidad las cuitas mentales que asolan a los personajes, por ejemplo, en relación con la disciplina en el barco. Pero, sobre todo, en las relaciones con sus parejas cuando están en tierra: quién está realmente enamorado, quién busca tranquilidad, quién sufre de los devaneos. Incluso trata el tema del sexo, pero con una delicadeza propia de la clase alta.

Hablando de ésta, entre los personajes conoceremos a varios universitarios e incluso a un egresado de Eton. También Monsarrat maneja este registro, y los más divertidos diálogos son aquellos en que participan estos personajes. Me pregunto si es que les dan clase en la universidad para tener siempre a punto esta fina ironía inglesa.

Y claro, también tiene digresiones y reflexiones apasionantes. En este caso, me han resultado especialmente interesantes las que se producen como consecuencia de la evolución de la guerra, y más en concreto en el momento en que el capitán Ericson pasa de comandar su hundida corbeta a hacerse cargo de una fragata y de toda la flota asociada de escolta. Aquí se producen interesantes reflexiones sobre el individuo, la guerra y el emprendimiento:
1) Conforme la guerra (en el Atlántico) ha ido avanzando, todos los participantes han ido descubriendo mejoras e incrementando la eficiencia de sus acciones. Los aparatos que incorpora la fragata son versiones mucho mejores que las que tres años antes equipaban la corbeta.
2) Los procedimientos dejan cada vez menos espacio a la inventiva individual, algo que era capital al comienzo de la guerra. Se ha pasado de un actividad artesana a una actividad industrial, en que el individuo debe limitarse a seguir los procedimientos en cada caso.
3) Como consecuencia, cada vez importa menos el individuo concreto, y más la cantidad de individuos. El capitán, el teniente, ya no conocen a la gente bajo su mando, ya no se plantean sus inquietudes psicológicas, solo saben que necesitan tantas personas para llevar a cabo tal acción. Da igual quién sea.

En resumen, magnífico libro, de los que justifican sinsabores. No os perdáis la escena en que hunden por primera vez un U-Boot, o la forma en que el capitán Ericson tiene que lidiar con el teniente Bennett en los primeros compases de la aventura, ni tampoco los diálogos en que participa el abogado Morell o sus reflexiones: cuando come por primera vez en el barco, suelta algo así como que "él no sabe si la guerra será corta o larga, pero está seguro de que comiendo así se les va a hacer muy larga". Y para remate, su participación en el día D. De hecho, qué leche, no os perdáis nada.

Ah, y creo que también hay peli.

jueves, 18 de agosto de 2016

Las ventajas de ser un marginado ("The Perks of being a Wallflower"), de Stephen Chbosky

Esta novela es conocida, sobre todo entre adolescentes, por la película del mismo título y en la que se inspira, cuya principal protagonista es Emma Watson, la Hermione de Harry Potter. Como yo nunca hago ascos a un buen libro de adolescentes (las pruebas las tenéis en la lista de libros leídos, donde figuran "If I Stay" y algún otro más de reciente lectura), allá que me puse con éste.

Pero me temo que este no es de los buenos. Sería ni fu ni fa si no fuera por la sobrecarga de sexo que tiene al principio, como también hacen las series en sus primeros capítulos. Ese exceso lo saca para mi gusto de su público objetivo y lo deja en terreno de nadie: yo, al menos, prohibí de forma inmediata la lectura a mis hijas. Y espero sinceramente que la peli no fuera tan guarra, sobre todo porque ya la han visto.

El caso es que estamos ante el típico libro escrito con forma de diario que tanto gusta en el mundo anglosajón (aunque el libro es en realidad epistolar, no se explota este recurso, por lo que en el fondo es como un diario). En este caso, el escritor es un chaval de 15 años, que nos cuenta los dramas que se suceden en su vida en momentos tan difíciles. Para empezar, la mayor parte de sus amistades son del curso superior, lo que le lleva por fiestas y acontecimientos que quizá no le corresponderían: al menos, no parece haber en ellos gente de su edad. Asi que tenemos drogas, alcohol, y sexo hetero y homo. Supongo que esta es la problemática habitual a la que se enfrenta el adolescente medio americano, junto con algún embarazo y también un intento de violación.

Además, estamos ante un libro "serio", en el sentido de que hay pocas salidas o situaciones graciosas. No tenemos la deliciosa ingenuidad que se encuentra, por ejemplo, en Adrian Mole o en otras obras del estilo. Es más, aunque el libro mantiene ese tono de supuesta ingenuidad, es incoherente tanto con las cosas que están pasando como con el propio comportamiento del narrador.

Y luego tenemos la traducción: un Wallflower es, según el libro, alguien que se limita a observar, callar y comprender. Eso es lo que hace el protagonista del libro: no es un marginado, como nos invita a pensar la mala traducción del título.

Dicho esto, lo más interesante del libro resultan ser las lecturas que le recomienda el profesor de literatura al protagonista, y sobre las que se hacen algunos comentarios. Sigue la lista, cuya lectura seguro que aprovechará más que la de este libro: Peter Pan, To Kill a Mocking Bird, Catcher in the Rye, Hamlet, L'étranger, junto con The Fountainhead, de Ayn Rand; Naked Lunch, de Burroughs; On the Road, de Kerouac; y Walden, de Thoreau. Como quiera que los cinco primeros los he leído, y a Rand también, y me han gustado, procede que le eche el ojo a los tres últimos.

Un par de frases para cerrar (Traducción propia): "Charlie, aceptamos el amor que creemos que nos merecemos". La otra es mejor (no es textual): Hacía mal los exámenes de matemáticas hasta el profesor me dijo que no tratara de entender las fórmulas, y me limitara a aplicarlas. Por cierto, las mejores reflexiones se encuentran en el epílogo: parece como si el personaje hubiera madurado con el paso del tiempo y la escritura de las cartas. Buen remate para un libro por lo demás mediocre y con un punto excesivo de sexo.

domingo, 14 de agosto de 2016

El libro de los Baltimore ("Le livre des Baltimore"), de Joël Dicker

Tengo poca costumbre de leer los best-seller de cada momento. Siempre prefiero dejarlos macerar a ver si sobreviven al paso de un par de años, algo que raramente ocurre. Sin embargo, como pocas veces hay oportunidad de leer un best-seller escrito en francés, y además la primera novela del autor ("La verdad sobre el caso Harry Quebert") me gustó bastante, opté por leer El libro de los Baltimore en sincronía con el resto del mundo.

Y, claro, como suele pasarme la mayor parte de las veces, me resultó muy decepcionante. Se trata de una novela bastante mala, construida sobre eventos e historias bastante inverosímiles, que le restan todo el atractivo que tenía la primera novela del autor.

El paralelismo con ésta se hace evidente desde el mismísimo comienzo, pues una vez más el protagonista resulta ser un escritor cuya primera obra ha sido un bombazo, en busca de una segunda a través de una crisis creativas. Una vez más, el escritor busca refugio en un sitio tranquilo para acabar su obra, solo que esta vez es en Miami. Y, una vez más, el protagonista tiene relación con alguien también muy famoso: en el primer libro se trataba de su mentor, en éste, es su novia, una cantante famosa.

También hay un evidente paralelismo en los recursos narrativos: una vez más, tenemos una historia que se nos cuenta a base de flash-backs, y flash-backs dentro de flash-backs. La línea cronológica se quiebra cien veces para que Dicker mantenga la intriga de la historia: el repetido Drama y otros mil sucesos que irán explicando diversos aspectos de su vida, especialmente la relación entre sus dos familias, los Goodman ricos (los de Baltimore) y los Goodman pobres (de los que el protagonista forma parte), así como la íntima relación con sus dos primos y los Neville.

El problema es que prácticamente todos los eventos que se nos van narrando, y especialmente los puntos de inflexión, resultan inverosímiles, desde la forma en que re-establece contacto son su novia Alex Neville (un perro perdido) hasta las rencillas con sus primos (la explicación del momento de envidia es lamentable) pasando por las rupturas en la familia Goodman, o los problemas escolares tanto de Hillel como del niño Neville. Todo está tan traído por los pelos, que realmente no da más de sí que un culebrón malo: solo falta que alguien hubiera sido el hijo secreto de otro alguien. De verdad que esto es muy decepcionante,

Otro tema que es muy desconcertante es el hecho de que el protagonista narre los hechos en primera persona, y lo haga al mismo tiempo que te dice que está escribiendo su segundo libro: la duda es constantes: ¿es éste que leemos el segundo libro que está escribiendo, o está escribiendo un tercer libro con los sucesos y recuerdos que le inspira el segundo? Esto era uno de los puntos fuertes de la primera novela del autor, aunque no acababa de rematar bien el asunto, esto es, al final era irrelevante si ese era el libro o no. Aquí, además, parece haber incoherencias: ¿cómo sabe el protagonista lo que se dijeron los dos participantes en el Drama si nadie más estaba allí y él no volvió a hablar con ellos?

Por otro lado, ¿resulta coincidencia que el tío del protagonista se llamé Saul Goldman y, tras haber sido un brillante abogado, termine trabajando de reponedor en un supermercado? Los seguidores de Breaking Bad y Better Call Saul se extrañarán de tamaña casualidad.

La narrativa de Dicker es extremadamente absorbente, y maneja magistralmente los tiempos de la narración para convertir en misterios hechos cotidianos: estos son sus puntos fuertes. Qué pena que no se curre un poco la historia para que evitar que sea completamente decepcionante para un lector con un mínimo de sentido común. Solo se la puedo recomendar a quien le gusten los culebrones malos.




miércoles, 3 de agosto de 2016

Brujas ("Witches"), de Roald Dahl

Roald Dahl es sobradamente conocido por Matilda y la serie de Charlie y la fábrica de chocolate. También tiene obras para adultos, de las que había leído una colección de cuentos hace muchos años, y me habían causado grata impresión. Desde entonces. no había leído nada de Dahl, aunque sí había conseguido que mis hijos leyeran sus obras principales, con gran gusto para ellos, por cierto.

El cuento de referencia apareció en mi Kindle a consecuencia de una petición de mi hija menor, a quien se lo habían recomendado en el cole. Y como un servidor no hace ascos de nada (y el libro no era muy largo), me lo he leído casi de un tirón.

Se trata de un cuento sin más pretensiones. Al protagonista su abuela le cuenta lo peligrosas que son las brujas y cómo reconocerlas en el mundo actual en que parecen señoras normales, y a continuación nos vemos embarcados en una aventura en que el niño se ve transformado en ratón tras asistir accidentalmente al congreso de la Brujas de Inglaterra, y aprovechará su nueva forma para, con la ayuda de su abuela, dedicarse a la aniquilación de sus diabólicas enemigas.

El libro está muy bien escrito, Dahl escribe de miedo, y con ese nivel de madurez que tanto se agradece en escritores infantiles que no desprecian la capacidad del niño (y cuyo paradigma me parece el alemán Erich Kästner).

Los mejores pasajes son, sin duda, dos. En el primero la abuela le explica al protagonista cómo reconocer a las brujas. Creía que iba a haber dobles sentidos, pero no, estamos ante un cuento infantil y Dahl no hace concesiones en este sentido. Así pues, las brujas llevan guantes para que no se vean sus garras; peluca, porque son todas calvas; tienen los pies cuadrados y sin dedos; su saliva es azul, y sus ojos cambian de forma. Además, son muy sensible al olor de los niños, que para ellas es apestoso, por lo que conviene que los niños no se bañen con frecuencia para que los efluvios de su suciedad enmascaren su verdadero olor a las brujas.

El otro pasaje que destacaría es en el que se describe la receta para elaborar el convertidor retardado de niños en ratones. Tiene algunos componentes geniales, como el reloj despertador programado con la hora en que queremos que se transforme el niño.

Por último, como economista austriaco, no puedo evitar referirme a la fuente de la riqueza de la Gran Bruja, la jefa de todas las brujas. Y es que esta bruja tiene una máquina de hacer dinero. Y, como nos informa el señor Dahl, cualquier puede hacer dinero con la máquina adecuada y el papel adecuado. No sé si lo diría con segundas, pero ahí queda eso.


martes, 2 de agosto de 2016

Manifiesto del Partido Comunista ("Manifest der Kommunistichen Partei"), de Karl Marx y Friedrich Engels

Sí, sí, me lo he leído, Las razones: un poco el morbo, pero sobre todo el deseo de practicar alemán. Curiosamente, muchas obras de Marx y Engels están (e estaban) gratis para Kindle en Amazon.de, por lo que tengo varias más de ellos que quizá en algún momento lea.

La versión que he leído tiene tres partes bastante diferenciadas. La primera consiste en una colección de los prólogos de diversas ediciones del Manifiesto, normalmente de traducciones del original, que se publicó en alemán. La segunda parte es el propio Manifiesto, con algunas anotaciones de Engels al texto escrito por Marx. La tercera consiste en una recopilación crítica de ideologías socialistas previas al comunismo.

En cuanto a la forma, está razonablemente bien escrito, aunque como cabe esperar de un Manifiesto, es muy repetitivo y machacón sobre determinadas ideas. Pero obviamente no es la forma que lo que más interesa cuando uno lee este Manifiesto desde la perspectiva histórica que dan los millones de muertos derivados de él.

No creo que ni Marx ni Engels fueran gente especialmente malvada y pudieran anticipar las consecuencias del comunismo. No soy experto en sus vidas, a mis espaldas solo tengo la lectura de una biografía de Marx y la de éste Manifiesto, por lo que lo que ahora escribo no dejan de ser espaculaciones de escasa base. Pero creo que eran sinceros en sus creencias y que de verdad estaban convencidos de que el paraíso terrenal se alcanzaría con la abolición de la propiedad privada y demás propuestas. Eran consecuentes con sus razonamientos. Ahora bien, quiero pensar también que si Marx hubiera tenido una conversación sosegada con Mises, hubiera renegado de sus ideas, al ver que las bases teóricas en que se sustentaban eran teóricamente erróneas.

La lectura del Manifiesto no revela dobleces ni ambigüedades, como sí lo hacen los actuales pactos y programas de los políticos. Es un programa de gente ilusionada convencida de que por fin se van a acabar los conflictos entre clases y países, y que todos vamos a vivir mejor, porque todos tendemos a ser proletarios, los medios de producción estarán en nuestros manos y dejará de haber explotados y explotadores. Los erroes teóricos son evidentes para un actual economista, pero quizá no lo eran en aquella época, cuando aún tenían que llegar Menger y Mises, y Adam Smith estaba convencido de que el valor de los bienes era algo objetivo.

Además, los autores vivían en un nuevo contexto social e histórico en que surgían muchas preguntas hasta ahora no planteadas, a las que había de dar respuesta. Estamos en los álbores de la revolución industrial, y mucha gente está incrementando su nivel de vida simplemente migrando del campo a la ciudad. Esas condiciones míseras de vida que nos han descrito Dickens y tantos otros, con ser terribles, eran mejores que las que se podían encontrar en otros sitios: ¿por qué sino migraría la gente en masa a las nuevas fábricas? Algo parecido ocurre con las condiciones de trabajo de, por ejemplo, Bangladesh: desde nuestra perspectiva son terribles, pero, ¿y desde la suya?

Desde el punto de vista teórico, sabemo que el capital que se estaba disponiendo incrementaba espectacularmente la productividad conocida hasta ese momento. Eso quería decir que la sociedad se estaba enriqueciendo, y que lo hacía como nunca lo había hecho. Pero, como ocurre en cualquier inversión acertada, el primero en enriquecerse es el inversor, que lo hace multiplicado por los miles de personas a las que ha mejorado un poquito la vida.

Esta visión de enorme desigualdad era (y es) la que debía de resultar extremadamente preocupante y desazonadora para todos los involucrados. En primer lugar, para los proletarios, que aún viviendo mejor que en otras circunstancias, ahora eran conscientes de las enormes diferencias de nivel de vida que existían al compararse con los burgueses que les contrataban; y no solo eran conscientes, sino que eran muchos y estaban juntos. En segundo lugar, para observadores y filósofos, que trataban de dar una explicación más o menos tranquilizadora a estos hechos, en muchos casos con el fin de calmar a las masas y mantener el estatus de la clase supuestamente explotadora. Y, en tercer lugar, para los propios empresarios-burgueses, muchos de los cuales tampoco eran insensibles al padecimiento (relativo, no lo olvidemos) de sus obreros y se dedicaron a mejorar sus condiciones de vida en la medida de lo posible, como prueban tantos restos de ciudades industriales de la época (New Lanark en Escocia, Crespi d'Adda en Italia, Rjukan y Notodden en Noruega, o Saltaire en Inglaterra).

Pero, aún así, es doloroso levantarse cada día para trabajar duramente, toda la familia, y apenas llegar a fin de mes, y eso cuando no había imprevisto, y soportar al mismo tiempo la visión de todas las comodidades y confort del empresario-burgués-inversor. Ello, aunque uno sea consciente de que vive mejor gracias a ese burgués, de lo que vivía antes de venir a trabajar a su fábrica. Que sí, que puede que ahora se le muera un hijo, pero es que antes se le hubieran muerto todos.

Por supuesto, por teoría económica sabemos que, si el mercado permanece libre, esas diferencias irán atenuándose formalmente con el tiempo y el bienestar mejorará sustancialmente para todos: todos tendremos coche, aunque algunos podrán tener un Testa-rossa; y a nadie se nos morirá el hijo, aunque no todos podremos mandarle a la mejor universidad de la ciudad. Pero en aquella época, y con la visión estática con que normalmente vemos los acontecimientos, imagino que sería prácticamente imposible anticipar esto que cuento. Y, así las cosas, ideas como las expuestas en el Manifiesto Comunista encontrarían un nutritivo caldo de cultivo.

Desgraciadamente, estas ideas que a cualquier lector informado, incluidos seguramente los autores del Manifiesto, le parecerían absurdas en este momento, siguen vigentes. Porque esa es la otra cosa que he detectado en su lectura: es la fuente y la base de la retórica que siguen usando determinados políticos, sindicalistas y personas de a pie, no necesariamente comunistas, que implícitamente siguen aferrados a este Manifiesto. Parece increíble que tantos años, tantos avances teóricos y tantos muertos después, haya aún alguien que utilice o crea en este Manifiesto.




lunes, 1 de agosto de 2016

El concierto de San Ovidio, de Antonio Buero Vallejo

Aunque el nombre me suena, no había leído nada hasta el momento de Buero Vallejo. Y quizá El concierto de San Ovidio no es la mejor forma de introducirse en este autor, no porque sea especialmente malo o especialmente bueno, sino por tratarse de una obra de teatro. Y la lectura de obras de teatro rara vez hace justicia a su autor, a menos que sean excepcionalmente buenas. En este sentido, tengo curiosidad por leer la última de Harry Potter, que es la transcripción de una obra de teatro. A ver si está a la altura de los últimos libros de la serie (que, en mi opinión, son los mejores).

Volviendo sobre El concierto de San Ovidio, la verdad es que poco puedo rescatar de ella. Se trata de un drama sin más reflexión, basado al parecer en una historia real previa a la Revolución Francesa, con la que el autor invita a pensar que pudo tener algún tipo de relación causal.

Los protagonistas son unos ciegos del hospicio Quince Veintes, cuya historia se nos cuenta en el prólogo, junto con un empresario de pocos escrúpulos llamando Valindín, y una mujer de la vida, una tal Adriana.

El tal Valindín llega a un acuerdo comercial con la monja rectora del hospicio para que ésta permita la actuación de los ciegos en las ferias de San Ovidio. Tal espectáculo consiste en realidad en una especie de parodia de un concierto tocado por el grupo de ciegos que, ni saben tocar realmente, ni tampoco están en condiciones de aprender. Digamos que el objetivo es que la gente se ría de los ciegos, a cambio de lo cuál estos ganarán algo de dinerillo, aunque sea a costa de hacer el ridículo.

Sin embargo, entre los ciegos está David, que sí sabe tocar el violín y que es consciente y sensible de lo que supone en realidad el espectáculo (algo de lo que, por cierto, también parecen conscientes los demás ciegos). Ello, unido a la relación que David empieza a tener con Adriana, amante de Valindín, ponen los cimientos para la previsible tragedia que supone el punto culminante de la obra.

Poco más que añadir tengo. La obra está en prosa; los paréntesis explicativos describen muy bien los tránsitos entre escenas, y quizá sea mejor verla, ya en directo o en alguna versión televisiva, para ser capaz de apreciarla con justicia.

viernes, 29 de julio de 2016

Los Dukay, de Lajos Zilahy

Se trata de la segunda entrega de la trilogía homónima del brillante autor húngaro, aunque ya me apresuro a decir que no parece necesario haber leído la primera para disfrutarla en toda su magnitud.

De Zihaly leí el año pasado El desertor, y me agradó bastante. Zihaly escribe muy bien (si no es él, entonces será su traductor al español) y es un verdadero placer leerle. Además, sus relatos se suelen desarrollar en los momentos finales del imperio Austrohúngaro y la primera Guerra Mundial, que son periodos históricos que me interesan enormemente. ¿Por qué? Porque creo el periodo anterior a la primera Guerra Mundial fue uno de los más libres para la humanidad y, de hecho, el verdadero momento en que se cimentó y acumuló el capital suficiente para que no volviéramos a la edad de piedra incluso tras dos guerras mundiales, unas cuantas dictaduras comunistas y el régimen derrochador de Estado de Bienestar que tenemos ahora.

En esta entrega, el autor, pese a haberla titulado Los Dukay, se centra realmente solo en una de ellas, Kristine, cuyo diario ocupa aproximadamente la mitad de la novela. De hecho, ésta tiene dos partes muy diferenciadas.

En la primera, Zilahy nos pone en contexto, y nos cuenta tanto la historia de los Zilahy, deteniéndose más en las biografías de los padres y hermanos de la protagonista, como en los acontecimientos previos a la primera Guerra Mundial. Para ello, el autor usa una finísima ironía que hace esta lectura un verdadero placer. Cualquier acontecimiento, por nefando que sea, es descrito desde esa distancia que pone a cada individuo, por muy monarca o arístocrata que sea, en su sitio. Por ejemplo, la razón por la que los seis grandes poderes (Rusia, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra, Austria-Hungría) no podían tomer en serio a los EEUU era porque ésto tenían un presidente (Roosevelt) que usaba lentes.
¿Y qué hay de esa aristocrática familia austriaca sometida a pulmonía crónica por la ubicación montañosa de su castillo?

Aprovecha aquí también el autor para hacer juegos de palabra y reflexiones sobre el idioma húngaro, usando como disculpa las dificultades de mamá Dukay, Menti, austriaca, para hablarlo, lo que le hacía emitir inconscientes procacidades para el estupor e hilaridad de sus contertulios húngaros. Desafortunadamente, estos equivocos escapan de las posibilidades realistas de una traducción al español y me temo que nos los perdemos en su gran parte.

La segunda parte recoge diversos acontecimientos durante la primera Guerra Mundial mediante los que el rey húngaro y emperador austriaco trató de buscar la paz a espaldas de su alíado alemán. Para ello, Zihaly usa el diario de la protagonista, que se vio envuelto en varios de los mismos. El uso de este recurso narrativo permite al autor abandonar el tono irónico anterior y, a la vez, le coloca en un plano crítico sobre las afirmaciones de Kristina, que en muchas ocasiones no se compadecen con la realidad.

No obstante, sigue habiendo momentos divertidos, como cuando, en el día de la coronación del nuevo rey, el tío Fidi llega a casa de la protagonista para un encargo menor, y los periodistas apostados en las cercanías transmiten la noticia de que se esta confabulando por la paz. (En la línea, por cierto, de Scoop, de Evelyn Waugh, ya comentado aquí).

La historia termina con el exilio del último Habsburgo en Madeira y su patético final, muy similar al de Napoleón en Santa Helena. Tras esta narración en el diario, Zihaly vuelve a cobrar distancia para criticar la narración de Kristina y contarnos su final, y anticiparnos algo del contenido de la tercera entrega de la saga.

Queda claro que esta novela me ha gustado bastante, y que seguiré leyendo cosas de Zilahy. A ver si puedo hacerme con las dos otras partes de esta trilogía, y sino, quizá, "Las cárceles del alma".