martes, 3 de diciembre de 2019

El pintor de almas, de Ildefonso Falcones

Falcones es uno de los escritores grandes de nuestro tiempo en lengua castellana. Desde que leí La Catedral del Mar, cuando ya era una novela de éxito consolidado, o sea, mucho después de su publicación, he tratado de mantenerme al día con su obra. Disfruté enormemente con La mano de Fátima; algo menos con La reina descalza (no por mal escrita, sino por algunas escenas cuya lectura me agobió bastante), y bastante menos con Los Herederos de la Tierra, segunda parte de la magnífica opera prima. Por ello, tenía alguna duda sobre si leer esta última novela.

Las dudas quedaron borradas en cuanto la empecé. Falcones recupera la magia de sus grandes obras, las restantes, y  nos traslada, una vez más, a Barcelona. En esta ocasión, a la Barcelona de principios del siglo XX, donde todo el modernismo está en efusión, así como los movimientos anarquistas y republicanos característicos de la ciudad. Y es que da gusto leer una novela que es capaz de sumergirte en su historia y su periodo de tiempo nada más empezar, cosa que digo en contraste con Ken Follet, del que no hace mucho leí Fall of Giants, y que no consigue ni de lejos la magia de Falcones.

Los protagonistas son Dalmau, artista de talento, y Emma, muchacha de inclinación revolucionaria, trabajadora y algo buenorra. Y la historia que nos cuenta Falcones es básicamente los avatares de su relación. De hecho, la estructura narrativa va alternando la vida de uno y otro, aunque sin hacerlo explícito.

Se puede observar como el perfil de ambos personajes le permiten al autor introducir con mucha facilidad el contexto histórico de la época. Dalmau es el vehículo para contarnos las obras modernistas, sus contactos con los principales arquitectos de la época (Puig y Cadalfach, Muntaner y Gaudi, ahí es nada) y la vida de los burgueses e industriales, aunque también de los fondos más bajos con los trinxeraires, esos niños mendigos en la Barcelona de la época, y con claras reminiscencias de Los Miserables (pero con los que empezará y casi acaba su carrera como pintor de almas)
Por su parte, Emma nos dará entrada en los movimientos revolucionarios, en el anarquismo y en el partido republicano, orbitando en torno a un personaje como Lerroux. Ambos, además, se relacionarán con grupos de católicos a distintos niveles y por distintos motivos.

Todo ello pinta un panorama bastante realista (creo) y en todo caso apasionante, de la Barcelona de la época. Falcones no es completamente neutro en su narrativa, y opta por un estilo de lucha de clases, en que los ricos y los católicos se llevan los palos, mientras que los pobres y los obreros son generalmente explotados por la otra clase. A mí me hubiera gustado que no tomara partido, pero tampoco creo dicho partidismo sea obstáculo para disfrutar la novela.

Más apabullante resulta el machismo rampante de la época, incluido entre anarquistas y republicanos. Utilizando a Emma como disculpa, Falcones nos lleva de nuevo a episodios tan desesperantes como los que sufre la "reina gitana" en su novela homónima. En este caso, los abusos a que se ve sometida Emma para poder mantener su puesto de trabajo, y que cobran especial virulencia con uno de los líderes republicano y, sobre todo, con uno de los cocineros. Creo que Falcones es un maestro en tratar de la discriminación de las mujeres y mostrarla en toda su crudeza. Y, precisamente por eso, se puede permitir un estilo neutro en la narración de estas barbaridades. Quizá la relación burguesía-clase obrera o anarquismo-catolicismo no sea de ese nivel de barbarismo y Falcones lo haya querido compensar perdiendo la neutralidad.

Porque, por ejemplo, en enfrentamiento anarquismo-catolicismo, para mí está claro que los animales eran los republicanos-anarquistas-lo que sea. Puede que los obreros se vieran marginados y hasta explotados por los burgueses y vieran en la iglesia un cómplice necesario, pero de ello a justificar la quema de iglesias o el robo y desecración de relicarios hay una gran distancia. O a pintar cuadros murales invitando a la quema de templos y violación de monjas. Sin embargo, Falcones no tiene problemas en calificar como día aciago para la libertad aquel en que es condenado a muerte el principal instigador de la quema de iglesias en la Semana Trágica. No lo hace uno de sus personajes, lo hace él. O insistir en que la industria catalana "tanto enriquecía a la burguesía como empobrecía a sus empleados" (algo contradictorio con la teoría económica salvo si hay regulación).

Como he dicho, Falcones es un excelente narrador de novela histórica. Pero en lo que es realmente magistral y sobresale sobre otros novelistas de su  nivel es en como incardina y narra acontecimientos históricos en su relatos. Gracias a Falcones, estos momentos se levantan en los ojos de lector y cobran una dimensión épica que seguramente tuvieron, pero que hoy nos cuesta apreciar desde la distancia.
Lo hace en La mano de Fátima con la expulsión de los moriscos y esas escenas en los campos de Sevilla; lo hace en La reina descalza con la partida de la flota de las Américas. Y lo vuelve a hacer en esta ocasión, con la guerra del Rif y la Semana Trágica, con la huelga de 1902 y con la creación de la Unión Repúblicana y la comida en el Coll. Aquí podremos disfrutar del mejor Falcones, como también en esos momentos realmente agobiantes de las vidas de los protagonistas, en las que parece que ya no hay marcha atrás ni salida posible.

A mí este libro me ha encantado. Además, sé que su autor ha sufrido literalmente para terminarlo, por una grave enfermedad, lo que me hace pensar que quizá no nos quede mucho más que leer de él. Eso me hace re-recomendarlo.

Como curiosidad final, dejo aquí la descripción de adulteraciones de alimentos que se hacían en la época y en cuya detección Emma era experta (y que demuestra que Falcones se curra el contexto histórico de sus novelas):
"El pan, pese a ser más caro que en la mayoría de las grandes ciudades europeas, se blanqueaba con sulfato de barita; el azúcar molido se mezclaba con polvo de carbonato de cal; los dulces y los pasteles se elaboraban con sacarina y se cargaban de yeso; el café en grano se fabricaba artificialmente"-