miércoles, 12 de abril de 2017

Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel

Interesantísimo (y clásico) ensayo sobre las causas de los problemas económicos y sociales de Latinoamérica, sobre todo en comparación con el bienestar de sus vecinos del norte, los EEUU. El autor es Carlos Rangel, de origen venezolano, y está escrito en los 70. Sorprendentemente, pese a la pérdida de vigencia de los acontecimientos referidos (especialmente llamativa en lo referente a Venezuela o quizás Bolivia), no pierde un ápice de interés su lectura y análisis.

He sacado montones de ideas interesantes de esta lectura, que parecía en principio el rutinario análisis liberal sobre las causas del "subdesarrollo" latinoamericano, tratando de desvincularlo del imperialismo, sea español o americano. Y puede que sea así, pero lo cierto es que Rangel describe con gran claridad y agudeza muchos de los acontecimientos que han conformado la Lationamérica actual, y sobre todo sus causas.

A grandes rasgos, el libro tiene dos partes: una, por así decirlo, teórica, en que Rangel revisa los mitos que se han usado para explicar la situación Latinoamericana, y otra, más empírica, en que se nos cuenta la evolución en el gobierno de determinados países, para confrontarlos con dichos mitos. En esta segunda parte, Rangel se centrá en el caso de México como ejemplar, aunque también habla de Brasil y Argentina. Luego dedica espacio a Cuba, cómo no, a Perú y a Chile, siendo el capítulo dedicado al gobierno de Allende el que más esclarecedor me ha resultado. Lectura imprescindible, incluso tras el tiempo transcurrido.

Comenzamos con el mito del buen salvaje, que Rangel vincula con la búsqueda del Dorado y de la fuente de la eterna juventud, perseguidas por los descubridores originarios. Según el autor, sería un mito también impulsado por los rivales de España en la conquista de América. Obvio es decir que los "salvajes" americanos eran igual de buenos o malos que los conquistadores que llegaban.

Por su parte, el mito del buen revolucionario se vincula sobre todo al comunismo. Rangel explica de forma magnífica las relaciones del comunismo con Latinoamérica y cómo el mito de la revolución comunista cobra aspectos propios en Latinoamérica, donde en efecto la revolución se podría liberar de los defectos del stalinismo ocurrido en Europa y Asia. A ello se responde desde Latinoamérica con el fenómeno del APRIsmo, que básicamente viene a decir que Latinoamérica no puede pasar a la revolución proletaria sin haber alcanzado previamente el estadio del capitalismo, por lo que son primero necesarias reformas en la mayor parte de los países, para superar el régimen oligárquico y llegar al citado capitalismo. Según Rangel, esto no sería tomado positivamente por los comunistas.

Con antelación al APRIsmo, Rangel nos descubre también la ideología del Telurismo, según la cual había un hombre nuevo latinoamericano que superaría a las razas preexistentes. Entre sus principales representantes, destacan Vasconcelos y Rodó. Entiendo que este fenómeno latino-nacionalista es similar a los que se producían en la época en todo el mundo occidental previo a la primera Guerra Mundial.

La verdad es que el libro tiene una cantidad enorme de ideas interesantes, que no podría agotar es esta entrada. No obstante, sí quiero inventariar algunas cosas, aunque sea para futuras exploraciones:
- La figura del Precursor Francisco de Miranda, contándonos sus experiencias viajeras y en especial la de sus viajes por los EEUU. La anecdota que cuenta de cómo el sheriff de un pueblo americano cobra el alquiler de un general francés que ha aposentado su ejército en un prado, a requerimiento del dueño de éste, es impresionante. Y dice mucho sobre la justicia, las leyes y las gentes de aquel país.

- La reflexión de Hegel sobre el impacto del arado en el bienestar de la humanidad.

- La figura y, sobre todo, la mutación de Fidel Castro, desde unas posiciones más APRIstas hacia comunismo puro para granjearse el apoyo de la URSS y consolidar así su poder en Cuba.

- El caudillismo como régimen adecuado para los países de Latinoamérica, ejemplificado en el caso de México.

- La invectiva que hace contra la universidad en Latinoamérica, quizá desmesurada y quizá también a causa de algunas decepciones personales. Es un ataque brutal que no deje títere con cabeza, y demasiado general tal vez.

- La descripción de la llegada al poder de Allende en Chile, y sus tres años de gobierno, que culminan y tienen como consecuencia el golpe de Estado y dictadura de Pinochet. Al parecer, Allende estaba muy lejos de una mayoría para poder gobernar, pero las instituciones chilenas posibilitaban su gobierno por decisión parlamentaria. Pues bien, una vez presidente, se dedicó a tratar de desmantelar esas mismas instituciones que le habían llevado contra natura al poder, con el objetivo de montar una dictadura comunista, y ello contra una mayoría de la población chilena. Alucinante, pero un atisbo de lo que podría llegar a pasar en nuestro país mientras se mantengan las medias tintas con Podemos.

Se me quedan muchas cosas en el tintero, aunque espero que no se me olviden. Este es un libro en el que se puede aprender mucho, y que ayuda a comprender mejor muchas cosas ocurridas, no solo en Latinoamérica sino en el resto del mundo. No sé qué hacer, si recomendar su lectura, o su estudio.

martes, 11 de abril de 2017

Fausto I ("Faust I"), de Johann W, von Goethe

Bueno, bueno, bueno. He aquí uno de los grandes clásicos de la literatura alemena, uno de esos libros que pueden, o no, justificar las horas invertidas en aprender alemán. Y ya lo puedo anunciar, prueba superada, libro leído, ahora hablaré de mis impresiones.

Pero lo primero es explicar que, dada la importancia de la obra, no me he atrevido con ella a pelo, y la he leído en paralelo a una traducción al español y con sus anotaciones. Y la primera observación relevante es que es una obra casi intraducible. No es que yo comprendiera 100% el alemán, pero sí lo suficiente para darme cuenta de que hay mucha elipse, y que el traductor tiene que hacer virguerías para completar el sentido en español, sentido que muchas veces no está claro.

O sea que este Fausto I es bastante difícil, no por el alemán en sí, sino por el estilo elíptico utilizado por Goethe. El vocabulario no es especialmente rico y las frases son cortas (para ser alemán), aunque es cierto que desordenadas y con mucha elipse. Pero es que estamos hablando de poesía, claro.

Pero lo que más me ha chocado es que no se trata de una obra de teatro al uso. Tras haber leído Guillermo Tell, obra convencional, pensaba que Fausto sería una obra de teatro con sus actos, su trama y sus reflexiones. Pero no es así. Esta obra de teatro es muy rara (aunque no tanto como Fausto II, que ya he comenzado a leer) y nada convencional.

No se estructura en actos, sino es escenas sucesivas, que además cambian completamente de escenario. Tiene al comienzo una especie de prólogo en que debaten un poeta, un director y un empresario, sobre las condiciones para que el teatro triunfe. A continuación, le sigue otro nuevo prólogo, este con Dios, los arcángeles y Mefistopheles, en que éste es autorizado a actuar con Fausto. Y solo entonces empieza propiamente la obra.

Y empiezan pasar cosas sin aparente hilazón. Tenemos un monólogo inicial de Fausto en que éste se queja de que ninguno de sus esfuerzos filosóficos o científicos le valen para nada, lo que dará pie a que Mefistopheles le tiente con el mundo exterior. Y este consistirá básicamente en tres escenas: una en una taberna con estudiantes, otra en una cueva con brujas, y la última en que se desarrolla su relación con Margaret ("Gretchen"). Nadie nos explica el paso de una a otra, ni por qué son estas las muestras del mundo real escogidas por Mefisto.

Es por supuesto en la última de las escenas donde tienen lugar los momentos más brillantes de la obra, y los que, supongo, serán los que le han dado fama. Dos son los que yo destacaría: el discurso sobre la honra de Valentine, hermano de Margaret, antes de morir, y la escena final de la obra, en que Gretchen pasa de la esperanza del rescate de la prisión cuando aparece Fausto, a darse cuenta de que su caída es ya irremediable con indepencia de que huya o no. En ambos casos, Fausto es un mero espectador.

Así pues, curiosamente, la obra de Goethe no es la arquetípica sobre el mito de Fausto. De hecho, este mito antecede a Goethe, y el poeta alemán únicamente lo usa como pretexto para sus fines, que tampoco tengo muy claros, aunque sí hay algo burlarse de algunos de sus rivales.

La mayor parte de las referencias de la obra son a la alquimía y a Paracelso, no ha simbología mitológica extraña, como sí ocurre con nuestros poetas complicados, tipo Góngora. Por tanto, tampoco es por esto que no la acabo de entender. El caso es que esta primera parte la he devorado con gran interés, y al final no he encontrado demasiado para comprender por qué es un clásico.

Y ahora he empezado con la segunda, también apoyándome en traducción, y he de decir que es mucho más rara que la primera, y que encima, de momento, ni siquiera parece haber una trama. Así que no sé muy bien a qué atenerme. Sigo leyéndola de todas formas.

lunes, 10 de abril de 2017

Viaje a Italia ("Voyage en Italie"), de René de Chateaubriand

Los relatos de viajes de escritores del siglo XIX son apasionantes, sobre todo si son Europa. Y no por la descricpción de los monumentos en esa época, sino sobre todo por la forma en que se viajaba no hace tanto por estos lares.

Por ello, me resulto apasionante el magnífico "Voyage en Espagne" de Gautier, que, sí, nos describe sus impresiones de la Alhambra, pero también la verdadera aventura que constituía en la época viajar de Granada a Málaga (por ejemplo), algo que en la actualidad es cuestión de un par de horas.

Así que algo similar esperaba encontrarme en este relato de Chateaubriand, en esta ocasión referido a Italia. Pero, desafortundamente, no es así, ni en forma ni en contenido.

Empezando por el aspecto formal, esta obra no parece acabada. De hecho, numerosos fragmentos de la misma parecen simplemente anotaciones de las impresiones del autor, para posteriormente desarrollarlas en forma de relato. Supongo que serán de interés para los estudiosos, pero a mí me parecen innecesarias en lo que presumiblemente es un relato.

Desde el punto de vista de contenido, Chateaubriand se centra en describirnos los paisajes y monumentos que visita, pero para nada habla de sus recorridos o sus estancias, y muy poco de las costumbres de los paisanos. Por tanto, aún teniendo interés (¿cómo se conservaba la villa de Adriano en la época?), no tiene todo el que me suscitaron las "aventuras" de Gautier en España. Su relato se ciscunscribe a tres lugares: Roma, Tivoli y el área de Napoles, junto con algunas notas breves sobre la travesía de Francia y de los Alpes.

Sus comentarios son en general de gran candidez y poco interés. Por ejemplo, la propuesta que tiene para la conversación de Pompeya, consistente en mantener todos los hallazgos de las excavaciones en su sitio de forma que se puede experimentar de forma cercana cómo podía ser la vida en la época de las erupciones.

Nos cuenta su visita a las museos Vaticanos, donde lo que llama la atención es la ausencia de visitantes. Supongo que si don René se acercara ahora por el área le daría un patatús. También respecto a Roma es muy llamativo que califique ruinas como las del Coliseo, como situadas a las afueras de la ciudad. Y respecto a la visita a Tivoli, llama mucho la atención que no habla para nada de las fuentes de la Villa d'Este, imagino que no estarían restauradas.

Un fragmento rescatable: la reflexión que hace sobre la contemplación de montañas, al hilo de una visita al Montblanc, que no queda claro si es o no parte de este viaje a Italia. Una última observación, más en la línea de lo que yo buscaba en este relato: Chateaubriand dice que las hospederías en Italia son magníficas, bastante mejores que en Francia y que, de hecho, solo ha encontrado peor nivel que en Francia en.... yeah, España. ¿Habría sufrido lo de "media con limpio"?

Tenía en cartera Voyage en America, del mismo autor, pero tras la decepción sufrida en esta lectura, ha perdido prioridad y su lectura queda postpuesta sine die.

martes, 28 de marzo de 2017

El laberinto de los espíritus, de Carlos Ruiz Zafón

Ocurrió hace ya unos cuantos años: en aquel entonces, mis lecturas eran predominantemente clásicas. Había decidido que hay demasiado por leer y que uno no tendrá tiempo para leer todo, así que mejor concentrarse en las lecturas consolidadas. Esto es, los clásicos (no solo griegos y latinos, sino de todas las épocas).

Y entonces llegó La sombra del viento, del señor Ruiz Zafón, y comprobé que la gente lo seguía leyendo y comentando un par de años después de publicado. O sea, que si era un best-seller, no era un best-seller al uso. Así que rompiendo mi hábito del momento, decidí dedicar algo de tiempo a su lectura. Qué novela! Impresionante: me reconcilió con la literatura contemporánea en castellano, algo que nunca pensé que podría ocurrir. Desde entonces, no le hago ascos, y menos mal, me hubiera perdido a Posteguillo o Falcones entre otros. Todo ello, gracias a Carlos Ruiz Zafón.

El caso es que la novela me impresionó, me resulto impactante. Pero no recuerdo prácticamente nada de su trama argumental, y no podría nombrar quienes eran sus protagonistas ni siquiera recién leída esta cuarta parte de la tetralogía, si es que se puede considerar tal. Sí recuerdo el estilo dickensiano de que hacía gala Ruiz Zafón en ella, el estilo similar era evidente y sobre todo notorio en la distinta forma de hablar de cada personaje.

Lógicamente, leí las continuaciones, que no lo son: El juego del Ángel y El prisionero del Cielo, e incluso compré para los niños El palacio de la medianoche. Y, por supuesto, he leído casi nada más salir esta cuarta entrega, El laberinto de los espíritus.

Las tres resultaron buenas novelas, pero mucho más convencionales (ie, prescíndibles) que la primera. En esta, además, parecen entrelazarse las historias de las tres anteriores para actuar a modo de colofón, pero como no recuerdo nada de ellas (¿cómo puede ser?) no soy capaz de apreciar las sutilezas del intríngulis.

En cambio, lo que sí se aprecia con claridad es que la cualidad dickensiana se ha perdido: no hay forma de distinguir a los protagonistas por su forma de hablar, ni siquiera de distinguir a los sucesivos narradores (hay dos partes escritas por dos personajes distintos) del propio Zafón. Una pena.

Con este factor fuera de juego, nos queda una trama razonablemente hurdida en la que participan varios de los personajes que ya aparecieron en novelas anteriores, y que, como novedad, sale de Barcelona en un par de momentos para instalarse en Madrid. Pero no es una trama intrigante ni especialmente llamativa.

Nos queda también el amor por la lectura y los libros que constantemente muestra el autor, sobre todo cuando nos lleva a ese Cementerio de los Libros Olvidados que constituye el verdadero núcleo de la saga, y en donde tiene la oportunidad de homenajear a sus libros preferidos.

Nos quedan bastantes comentarios sobre la situación actual disfrazados de glosas sobre la época, como cuando habla de la voracidad recaudatoria de las instituciones (en una época en que no existía ni el IRPF!), o como cuando uno de los personajes afirma que "el índice de tertulianismo de una sociedad es inversamente proporcional al de su solvencia intelectual". Se nota que a Zafón no le invitan, o no se deja, a muchas tertulias.

Nos quedan magníficas metáforas, de las que Zafón es casi uno de los últimos usuarios, como cuando dice que las Ramblas son los intestinos para la flora nocturna barcelonesa. O como cuando nos dice que el relojero "lucía modales de precisión". Me encanta también cuando dice que las tres encarnaciones más socorridas del destino son las de "chorizo, furcia y lotero".

Pero las reflexiones más interesantes vuelven a ser las referidas a las novelas y a la escritura, traicionando de nuevo la pasión de Zafón por este oficio. Así, nos dice que las historias no tienen ni principio ni fin, solo puertas de entrada. O que las obras nunca terminan, el truco es saber dónde hay que dejarlas inacabadas.

El único problema de esta novela es realmente que es muy larga, demasiado larga para la trama y para lo que quiere contar. Ello se nota en momentos de altibajo, que no aburrimiento, y también en el prolongado final que parece que no acaba nunca.

miércoles, 22 de marzo de 2017

The Flame Bearer, de Bernard Cornwell

Décima y última entrega hasta el momento de la saga del Último Reino de Bernard Cornwell.
Por fin se quita de mi vista el intrépido Uhtred, por fin puedo descansar de esta saga inicialmente histórica pero rápidamente devenida en pura novela de aventuras.

En esta última pocas sorpresas esperan: no hay temas nuevos, no hay reflexiones nuevas, no hay sucesos originales. A la gresca se une en esta ocasión un señor escocés, el rey Constantin, pero eso es todo. La situación está estabilizada en Wessex, Mercia y East Anglia, todos en manos de sajones. Por supuesto, Northumbria está en poder de un nórdico, el marido de Stiorra, hija de Uhtred, aunque en una situación bastante débil de momento.

Así las cosas, en este libro aumenta si cabe el protagonismo del héroe, pues ya no es que solo se cuenten sus hazañas, es que ahora también la historia de fondo es la reconquista de su bienamada Babbanburgh, por lo que ya no hay cuartel alguno para otros posibles protagonistas.

Se ha de reconocer a Cornwell su habilidad narrativa, de la misma forma que se le puede achacar que haya sido capaz de construir una saga de 10 libros a partir de tan magros indicios históricos, consumidos además en las primeras entregas. Y aquí lo cierto es que es capaz de llevar a Uhtred a su record histórico, pues en las escenas decisivas se tiene que enfrentar prácticamente con todo el mundo y simultáneamente. Para conseguir Babbanburgh tendrá que luchar contra la propia guarnición del castillo, contra un ejército de escoceses que lo asedian, contra una armada de sajones que pretenden ayudar al señor del castillo contra el asedio escocés, y contra otra flota de vikingos, aliada con los escoceses para evitar que puedan llegar suministros a la fortaleza. Ahí es nada.

En fin, no diré que no he disfrutado de la saga. Sobre todo, lo hice en las primeras entregas, cuando había resquicios históricos a los que acogerse entre tanta heroicidad de Uhtred. Esa fue la llama que me llevó, como al Flame Bearer del título, a leer hasta el final, aunque decepcionado cada vez un poquito más en cada sucesiva novela. Pues, eso no diré que no he disfrutado, pero sí diré que me alegro de haberla terminado. Porque para mí aquí termina, aunque Cornwell promete nuevas entregas, pues para él la historia de Uhtred es la de la creación de Inglaterra. Y esto nos lo dice al final de una supuesta Nota Histórica que comienza con el reconocimiento del propio autor de que no tiene sentido dicha Nota en esta novela en la que se ha inventado todos los acontecimientos. En fin.

Mi recomendación global: leánse los dos o tres primeros libros, que son más de novela histórica, y no se deje nadie atrapar por la supuesta intriga si lo que se busca es la historia de Inglaterra, pues poca encontrará aquí una vez superados los mismos.

martes, 21 de marzo de 2017

Guillermo Tell ("Wilhelm Tell"), de Friedrich Schiller

Esta es la primera obra de teatro que leo en alemán, y además una de sus obras cumbre. Y he de decir que, contrariamente a la reciente lectura de Goethe, sí estoy satisfecho con la lectura, en el sentido de que sí me he enterado en general, y he podido disfrutar bastante de diálogos y monólogos. De hecho, me ha parecido hasta una lectura fácil, sobre todo si la comparamos con el teatro clásico español, más repleto de referencias que hay que conocer para disfrutar. Y eso que en esta versión, que asumo la original, se apocopan palabras y también se utilizan grafías obsoletas, lo que dificulta la identificación de la palabra alemana actual, y no digamos ya el uso de diccionario cuando es necesario combatir el desconocimiento.

Pero todos estos obstáculos son pocos cuando se trata de una obra sobre la libertad y las leyes, el señor y el abuso de poder. Y este es el caso del clásico de Schiller: el conflicto de libertad y tiranía, en este caso materializado en el enfrentamiento entre tres cantones suizos y el señor austriaco asignado para su mandato.

La historia de Guillermo Tell es sobradamente conocida, al menos la de su episodio central: Tell disparando a una manzana situada sobre la cabeza de su hijo, como condena por no haberse inclinado ante el sombrero que el señor austriaco ha puesto en la plaza de Altdorf (si no recuerdo mal). Primera sorpresa: si Tell no se inclina ante el sombrero, no es como acto de rebeldía, sino por mero desconocimiento, algo que tampoco hace su hijo. Es solo la mala suerte del que el señor (Vogt) esté presente la que desencadena el conocido episodio. Tell es ciertamente un héroe (como lo prueba la primera escena con el rescate que hace de un barco), pero no uno en busca de problemas.

El caso es que el famoso disparo se produce (algo que supongo no aparece explícito en la representación de la obra, pues sucede mientras el Vogt habla de otras cosas con la gente del pueblo), Tell acierta en la manzana y no llega a utilizar la segunda flecha que ha cogido del carcaj. El Vogt le pregunta a quién iba destinada la misma, tras garantizarla la libertad por haber cumplido el castigo de disparar a su hijo, y Tell, todo candor, le responde que al propio Vogt. Este dejará de cumplir su palabra y aprisiona al protagonista, que es lo que al final motiva el acto de venganza-justica de Tell.

 Pero, como digo, esta es solo la escena más conocida de la obra, que tiene otras muchas magníficas e includo más emotivas. Por ejemplo, me resultó fascinante el discurso de Staffaucher en el segundo acto, cuando razona poéticamente que los habitantes de Suiza no son siervos, pues con sus propias manos dominaron la naturaleza y la tierra de sus territorios. Esto les convierte en hombres libres, que libremente han elegido al rey de Austria como juez para sus asuntos. Contra este contexto, se explica la rebeldía que les inspiran los hechos arbitrarios del Vogt Gessler, que no está actuando en Suiza como juez, sino como propietario y tirano.

Otro tema importante y recurrente en la obra es el del señorío y la protección. La gente ordinaria busca protección en los nobles, que a su vez solo se pueden proteger gracias a la gente ordinaria. Como dice uno de los nobles: "Ihr sollt meine Brust, ich will die eure schützen" (Vosotros mi pecho, yo el vuestro protegeré). Y es que los nobles suizos parecen haber dejado en la estacada al pueblo ante los abusos del señor austriaco, algo que se resuelve durante la obra de forma satisfactoria.

Por último, Schiller nos llama la atención sobre la justificación del tiranicidio, pues al mismo tiempo que Tell abate al Vogt, uno de los hijos acaba con la vida del rey austriaco. Cuando el parricida busca refugio en la casa de Tell, tiene lugar un magnífico diálogo en que Tell esclarece la completamente distinta naturaleza de ambos actos: Tell ha remediado un acto de patente injusticia y eliminado un tirano, y su casa es de inocentes. El parricida ha matado al rey en un acto de venganza, para su beneficio, no porque se le haya cometido una injusticia, incluso si el rey había dejado a los suizos abandonados ante el tirano.

En resumen, Guillermo Tell es una obra clásica con todo merecimiento, con su historia de folklore y su canto a la libertad, y sus momentos inolvidables. Pero, si he de decir la verdad, está a considerable distancia de nuestro Calderón (La vida es sueño), Shakespeare (El mercader de Venecia, Hamlet), los franceses clásicos Corneille y Racine y, por supuesto, el Edipo Rey, de Sofocles, mi preferida de todos los tiempos.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Las penas del joven Werther ("Die Leiden des jungen Werthers"), de Johann W. von Goethe

La motivación inicial que tuve para aprender alemán tenía dos nombres propios: poder leer a Goethe y a Schiller en su lengua original. Desde entonces el objetivo ha cambiado (ahora es poder leer Der Mann ohne Eigenschaften, de Robert Musil), pero ello no desmerece el hito que acabo de culminar.

En efecto, uno de los dos autores clásicos que eran mi objetivo ha "caído". Además, lo ha hecho mediante la que tal vez sea su obra más representativa (aunque admito opiniones de los lectores, dudo con Fausto).

¿Y cuál es la sensación? Hombre, pues no diré que de fiasco, pero tampoco de gran entusiasmo. Me apresuro a añadir que mi alemán dista de ser perfecto, incluso para la lectura, y que sus deficiencias se notan más cuando la obra trata de sentimientos, pensamientos o, en general, es más abstracta. Ello se debe a que el alemán tiene mucho más vocabulario al respecto que otros idiomas (al menos, que los que yo conozco), y resulta muy difícil captar los matices entre las distintas palabras que se utilizan. A su vez, ello dificulta enormemente que la obra te impacte tanto, pues siempre lo hace de forma más indirecta o, si si quiere, dubitativa.

Y resulta que Werther es una novela eminentemente de sentimientos. No es una novela difícil, no tiene estructuras complicadas ni vocabulario raro, pero sí mucho léxico sobre lo que siente el protagonista y autor (de la mayor parte del texto). Como es sabido, se trata de una novela epistolar en que que Werther describe sus sentimientos respecto a una damisela (Lotte) a su amigo suyo, Wilhelm. Claro, como en las buenas cartas, tienen cabida otras reflexiones del joven, pero poco a poco crece la obsesión, hasta que llega un punto en que se hacen monotemáticas.

La parte que más me ha gustado es la final, curiosamente aquella en que el estilo epistolar deja paso al más narrativo para que el tal Wilhelm nos cuente los últimos momentos de Werther. Ésta arranca con una extensa lectura de una obra de, a ver quién lo adivina, un tal Ossian. (Ja, en la vida había oído hablar de él, y resulta que aparece extensamente aquí, tras haberme tropezado por primera vez con él en Venus im Pelz) (Añado que Ossian es el autor de romances relacionados con la mitología céltica, que debían de gustarle mucho a los románticos alemanes).

Decía que arranca con la lectura de una obra de Ossian, que desemboca en un rapto de pasión del joven Werther quien se lanza a los pies de su amada, solo para recibir de ésta un correctivo en términos poco ambiguos, y a continuación desaparecer de su vista. Ello impulsará a Werther al final que (asumo) todo el mundo conoce, su suicidio.

Los últimos pensamientos del protagonista también los conocemos merced a las notas que va dejando. Pero lo mejor es, sin duda, que pida el arma para su sucidio a Albert (el marido de Lotte), para lo que envía a su sirviente. Pero a éste quien entrega el arma es precisamente Lotte, evento que es leído por Werther de la forma que es fácil imaginar, aunque en la narración se nos cuenta que es simplemente casualidad.

En resumen, no he disfrutado demasiado de esta lectura, aunque lo achaco a mis deficiencias y no a las de la novela. Ello implica que volveré con Goethe, y lo haré pronto: me esperan Fausto y Wilhelm Meister. Pero, de momento, voy a ir con el otro autor clásico que me había planteado como objetivo: Schiller y su Guillermo Tell. En breve, os cuento.