viernes, 20 de enero de 2017

Patria, de Fernando Aramburu

Patria es el libro que parece estar de moda en estos momentos. Las razones me parecen obvias: es la primera novela, hasta donde yo sé, sobre la vida en el País Vasco durante la época dura de ETA y el terrorismo. Y, claro, a ver quien se resiste a su lectura.

Todos hemos vivido, muchos de lejos, esa terrible época, que aún sigue en muchas memorías. Esta es la oportunidad de acercarse a lo que debían de vivir y sentir los protagonistas, desde el confort de la lectura, eso sí.

La novela de Aramburu se puede calificar en este sentido como de costumbrista. Para contarnos esa vida cotidiana, el autor utiliza como vehículo la vida de dos familias. Ambas familias son vascas de pura cepa y de pueblo, e íntimas amigas. Pero, como es perfectamente previsible, una de ellas es abertzale y tiene un etarra en su seno, y la otra es, por así decirlo, apolítica, y sufre un asesinato en sus carnes. Aparte de estas características especiales, las familias en cuestión "sufren" eventualidades como las de cualquier otra familia convencional: enfermedades, rupturas matrimoniales, incomprensión, soledad...

En cuanto a la narración, el estilo de Aramburo es arriesgado. Dos cosas llaman la atención. En primer lugar, se trata de una narración desordenada, que avanza por así decirlo en espiral. Los capítulos se suceden sin orden aparente, ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en los protagonistas. Todos, padres e hijos, reciben sus dosis de atención. El caso es que el esquema funciona: no sé si estamos ante un caso como Rayuela (en que según Cortázar el orden de lectura de los capítulos cambiaba el relato) o de verdad el autor se ha currado este orden por algún motivo especial. Pero, insisto, funciona.

Como también le funciona el recurso de las frases cortadas, algo que  nunca había visto en castellano. Al principio resulta chocante, pero luego te acostumbras, y también funciona. En estas frases está claro que al autor no le importa tanto lo concreto como el concepto. Por ejemplo "No vayas tan, un poco hacia", reflejando las cosas que se dicen cuando vas en coche con otra persona, pero sin concretar.

Como digo, ambas técnicas funcionan y el libro se lee bien. Pero lo que hace a este libro digno de lectura no es ese estilo, ni los avatares de la fortuna que suceden a la familia. Lo que merece la pena es la descripción del ambiente en un pueblo nacionalista, por un lado, y la visión cercana de un terrorista etarra.

En cuanto a lo primero, resulta terrible ver como, de la noche a la mañana, se altera completamente la convivencia en el pueblo en torno a uno de sus habitantes, hasta entonces perfectamente integrado, el Txato, querido por casi todos. Nadie le va a dar aire, ni siquiera sus mejores amigos de toda la vida. El aislamiento es absoluto y casi inexplicable para los sufridores. No puedo saber si esto esa así o no, pero parece verosimil. Sigue siendo sorprendente como unos pocos pueden imponerse por el terror a todo un pueblo.

En cuanto a lo segundo, entramos en terreno cenagoso. La imagen que da Aramburu del terrorista es muy humana, tratando de explicar/comprender que podía impulsar a muchos jóvenes a embarcarse en esa lucha armada que les privaba de su juventud, su vida y sus relaciones. Y encima todo el sacrificio para hacer el "mal", como es matar a inocentes, algo de lo que no parece que quepa duda, incluso para los terroristas. Se nos traza desde la perspectiva del etarra también lo que podía significar la captura y esas posibles torturas en el cuartel. Aramburu hace un gran esfuerzo para que podamos empatizar con el terrorista, y creo que lo consigue, aunque a muchos les pueda doler.

La novela termina con las partes quizá menos interesantes y previsibles de la historia, esa reconciliación entre ambas familias en la figura del abrazo de ambas madres. No obstante, es algo emocionante, y la vez amargo, porque queda constancia de la pérdida de tiempo y vidas que todo el episodio supuso, al menos desde la perspectiva actual.

Inevitablemente, se trata de un libro que invita a la reflexión. Es cierto e indiscutible que el asesinato es un delito, y el terrorista debe pagar por ello. A la vez, es cierto también que errar es humano, y que el propio terrorista puede llegar en algún momento a aceptar que se equivocó, aunque sea en su fuero interno. Sin embargo ¿no debería existir margen para que la víctima, o su familia, que es la que sigue en el mundo, pueda perdonar y reconciliarse? ¿Pues el Estado usurpar este papel a la víctima, sea en la condena o en el perdón (como parece estar haciendo en los últimos años)?

Lo que sí se echa de menos en el libro es un pozo de zoom en los políticos vascos y en los posibles culpables de que esto llegara a producirse. Sí, aceptemos que muchos jóvenes se veían impulsados a la lucha armada, pero, ¿quién creaba este caldo de cultivo? ¿Eran realmente algunos curas?¿Anónimos de las Arrico Tabernas? No sé, se echa de menos algo más concreto, porque me resulta difícil aceptar la tesis de que, una vez empiezan las acciones, tienen que mantenerse para que ETA sobreviva. Y, por otro lado, ¿no hubo unos cuantos mafiosos que se forraron con el tema? Sería interesante encontrar al cui bono de toda esta historia, porque Aramburu en su libro solo nos presenta victimas, y digo yo que alguien tiraría la primera piedra.

3 comentarios:

Mariano Bas Uribe dijo...

Yo recuerdo al menos una novela más sobre el terrorismo en el País Vasco: "Y Dios en la última playa", de Cristóbal Zaragoza y Premio Planeta 1981. A mí me pareció muy interesante.

Anónimo dijo...

muy interesante tu blog, enhorabuena.
una corrección, herriko taberna.

Ferhergón dijo...

Muchas gracias a ambos por los comentarios.
Muchas gracias, Mariano, por la sugerencia.
Muchas gracias, Anónimo, por la corrección.