jueves, 28 de abril de 2016

Las venas abiertas de America Latina, de Eduardo Galeano

Mi primer contacto con este clásico de la "economía" para Latinoamérica fue a través del Manual del perfecto idiota latinoamericano, que leí en enero (y cuya entrada publiqué oportunamente). El segundo fue por un compañero colombiano, quien me dijo que el libro estaba bien y, más importante, que era corto. Sin olvidar que me comentó que lo obligaban a leer en algunos colegios de la región.

El caso es que me animé con su lectura. Y ha merecido la pena, por una razón: el señor Galeano escribe francamente bien. El libro se lee del tirón, es absorbente y es entretenido, y además te cuenta muchos episodios históricos que son interesantes y en algún caso desconocidos. No se le puede negar al autor una gran cultura, sobre todo de en la parte histórica: son pocos los errores factuales que se le pueden encontrar.

El autor repasa de forma bastante completa la explotación de los recursos naturales de Latinoamérica durante la historia posterior al descubrimiento de América. No se olvida de ningún país, de todos hace un repaso sistemático, ni de ningún recurso. Empezando por el oro y la plata, nos llevará al estaño boliviano y a los diamantes y, cómo no, al petróleo. Y también vuelve su vista a todo tipo de plantaciones, que disecciona prolijamente: cacado, azúcar, banana... todos los productos tópicos del sur de américa pasan por sus páginas.

Lo que es una pena es que, por lo demás, el libro sea bazofia intelectual y demagógica. Galeano no se molesta en razonar, solo acumula hechos históricos narrados con un evidente sesgo ideológico, que empieza en el propio vocabulario utilizado. La prueba de que es un libro demagógico es que aunque te saltes páginas en su lectura (algo que me ha pasado involuntariamente) no tienes la sensación de haberte perdido nada de fondo: lo leas por donde lo leas continúa el exabrupto contra todo lo que no sea lo que le gusta a Galeano (supuestamente el sistema comunista de planificación central y para todo el subcontinente).

La misma cosa le parece mal o bien según quien la haga; las cosas contrarias les parecen mal las dos si las practica alguien que no sea de su agrado. Le parece mal el proteccionismo (menos cuando lo practica Cuba) y le parece mal el libre mercado; le parece mal el minifundio (deja a sus propietarios en la pobreza) y el latifundio (deja a los no propietarios en la pobreza); le parece mal que inviertan en América los países europeos o los EEUU, y también que no inviertan. Todo le parece mal, menos lo que hacen Cuba, Haiti y en algunos momentos Paraguay (el libro se escribió en 1970, por eso no hay loas a los actuales régimenes venezolano, boliviano o nicaragüense, supongo).

Y todo lo hace sin el mínimo razonamiento económico, solo a base de usos sesgados de las palabras. Por ejemplo, hay un ataque constante contra el hecho de que el propietario no resida en las proximidades de la propiedad que le produce la riqueza, como si eso fuera bueno o malo para el pueblo. Pero revela la forma de ataque que practica inmisericordemente Galeano.

Dos reflexiones al hilo de la lectura: la primera es sobre cómo refutar estos libros. Estas líneas le habrán llevado al autor, asumiéndole una mínima cultura, quizá un mes o dos de trabajo. Quien se empeñe en refutar su análisis seriamente tendrá que hacer un trabajo mucho mayor, aunque sea en la búsqueda de datos serios para contradecir lo que cuenta Galeano. Y ello sin olvidar que el trabajo de lógica y razonamiento será muy superior. Este libro de 200 páginas necesitaría varios volúmenes para una refutación mínimamente seria. Así no se puede, y la única solución parece que sería responder a su vez con una buena carga de demagogia (como quizá trataban de hacer los autores del Manual citado al principio, aunque en éste hay bastante más razonamiento). Pero, puestos en esta tesitura, gana el que más capacidad tenga de llegar al público, y aquí a los liberales se nos gana por goleada.

La segunda reflexión se refiere a la confusión sobre las empresas que reside en el imaginario de la mayor parte de las personas (y a la que dediqué hace no mucho un comentario en el IJM). Galeano imputa terribles prácticas comerciales y de otro tipo a numerosas empresas (y también a muchos gobiernos en Latinoamérica). Sin embargo, nunca llega a despejar si dichas empresas actúan con privilegios legales o, por el contrario, en un mercado libre. La sospecha que se cierne a partir de la escueta información que proporciona al respecto, es que en una abrumadura mayoría de ocasiones las empresas que hacían las conductas denunciadas por Galeano lo hacían gracias a la protección y privilegio del respectivo gobierno, no al competir en un mercado libre. El caso más paradigmático parece ser la guerra de Paraguay.

En definitiva, no se pueden negar los males denunciados por Galeano con su magnífica retórica. Y tampoco que ellos sean posiblemente culpa de gobiernos y de las relaciones corporativas gobierno-empresas. Pero parece obvio que la solución no pasaría, como deja entrever Galeano, por otro tipo de gobiernos.

Termino: merece la pena leerlo, pero hay que hacerlo bien pertrechado con unos buenos conocimientos económicos para que disfrutes la lectura sin quedar corrompido por las ideas.

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